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La Economía Circular en Argentina: entre la urgencia ambiental y la innovación posible

Argentina atraviesa un momento clave en materia de sostenibilidad. Mientras el

mundo enfrenta la triple crisis planetaria —cambio climático, pérdida de

biodiversidad y contaminación— pequeñas, medianas y grandes empresas, así

como diversas organizaciones del país, están protagonizando una transición

concreta hacia la Economía Circular (EC). Son ellas las que, con esfuerzos

crecientes y sostenidos, comienzan a dejar atrás la lógica tradicional de

“extraer–producir–descartar” para avanzar hacia modelos basados en ciclos

regenerativos de materiales, energía y valor.

Esta visión se refleja con claridad en los resultados del Concurso de Buenas

Prácticas en Economía Circular organizado por Pacto Global Argentina, junto con el

estudio actualizado sobre el estado del arte de la EC en el país. Ambos insumos

aportan evidencia concreta sobre cómo distintas organizaciones están

transformando sus procesos productivos e impactando en sus comunidades.

Un ecosistema productivo que empieza a dar señales claras

El análisis de las prácticas presentadas al concurso muestra que más del 65 % de

las grandes empresas y el 38 % de las PyMEs ya incorporan al menos una acción

vinculada a la Economía Circular. Las iniciativas provienen de sectores muy

diversos y dan cuenta de un fenómeno que crece silenciosamente, aunque aún

enfrenta desafíos estructurales.

Los casos seleccionados exhiben un mapa federal en el que Buenos Aires y CABA

concentran más de la mitad de las iniciativas, pero también emergen proyectos de

gran valor en Córdoba, Mendoza, Jujuy, San Juan, Santa Fe y Misiones. Un dato

significativo: el 76 % de las prácticas provienen de PyMEs, lo que demuestra que la

circularidad no es exclusiva de grandes corporaciones, sino que está permeando a

quienes históricamente han enfrentado mayores barreras para innovar.

Las tendencias que predominan hoy en la Economía Circular argentina

Del análisis de las prácticas premiadas surgen cinco grandes tendencias que

muestran hacia dónde se dirige la circularidad en el país. La primera es la

valorización de residuos, que empieza a consolidarse como un estándar productivo:

cada vez más organizaciones convierten sus descartes en insumos, mediante

reciclaje trazable, reconversión de subproductos o creación de materiales

secundarios. Esto se observa con especial fuerza en residuos electrónicos, plásticos,

textiles y subproductos agroindustriales.

En paralelo crecen los modelos de simbiosis industrial, donde empresas ubicadas en

un mismo parque o clúster productivo comparten sistemas de gestión que permiten

que el residuo de una sea el insumo de otra. Estos esquemas colaborativos reducen

costos, aumentan la eficiencia y mejoran la trazabilidad.

La tecnología es otro catalizador clave. Los casos analizados incorporan monitoreo

satelital para agricultura regenerativa, automatización industrial, biomateriales

avanzados, soluciones energéticas renovables y rediseños logísticos inteligentes,

demostrando que la circularidad no implica volver al pasado, sino integrar tradición

productiva con innovación de frontera.

También aparece con fuerza la inclusión social como parte estructural del modelo

circular argentino. Muchas iniciativas integran a cooperativas de recicladores,

talleres textiles comunitarios, personas con discapacidad, organizaciones barriales e

incluso unidades penitenciarias. En estos casos, la circularidad no solo recupera


materiales: recupera trayectorias laborales, dignifica el trabajo y fortalece la

formalización económica en sectores históricamente relegados.

Finalmente, se destaca un fenómeno que derriba mitos: más del 60 % de las

prácticas circulares provienen del sector servicios —banca, logística, retail,

educación, sector público— demostrando que cualquier organización, aun sin

procesos industriales, puede integrar modelos circulares mediante la revalorización

de e-waste, la reutilización de insumos, el rediseño de procesos o políticas de

compras sostenibles.

Tres niveles de madurez que conviven en el país

Del conjunto de experiencias analizadas surge un panorama donde conviven

distintos niveles de madurez circular. En un extremo están las organizaciones cuyo

modelo de negocio es íntegramente circular, basadas en la recuperación, el

reacondicionamiento o la reinserción de materiales. En un nivel intermedio

aparecen aquellas que avanzan mediante la optimización de procesos internos, con

mejoras de eficiencia o sustitución de insumos. Y en un nivel inicial se encuentran

prácticas piloto, que funcionan como primera aproximación cultural y pueden

escalar en el futuro cercano.

Los desafíos pendientes

Aunque los avances son significativos, el concurso y el estudio sobre el estado del

arte muestran desafíos que requieren atención. Entre ellos, la falta de métricas

vinculadas a los Objetivos de Desarrollo Sostenible: muchas organizaciones

mencionan los ODS, pero pocas cuentan con indicadores de seguimiento. A esto se

suma la necesidad de mayor financiamiento para innovación tecnológica,

especialmente para PyMEs que desean escalar sus soluciones pero enfrentan

limitaciones económicas.

Otro punto crítico es la escasa incorporación explícita del enfoque de género. Si

bien numerosas prácticas generan impacto positivo indirecto, pocas están

diseñadas para abordar las desigualdades estructurales en la cadena circular.

Finalmente, Argentina requiere marcos normativos más claros y homogéneos

—especialmente en RAEE, biomateriales, trazabilidad y gestión territorial de

residuos— donde aún persisten vacíos o diferencias entre jurisdicciones.

Un futuro circular posible

El panorama que surge del Concurso de Buenas Prácticas en Economía Circular de

Pacto Global Argentina es contundente: la circularidad ya no es una aspiración

teórica, sino una realidad concreta, diversa y en expansión en todo el país. Las

experiencias analizadas muestran un nuevo paradigma productivo donde

innovación tecnológica, eficiencia operativa, reducción de residuos e inclusión social

se combinan para construir modelos más resilientes y competitivos.

Si esta tendencia continúa —acompañada por políticas públicas inteligentes,

financiamiento adecuado y alianzas entre Estado, empresas y sociedad civil—

Argentina tiene condiciones reales para convertirse en un referente regional en

Economía Circular.

Hoy vemos un ecosistema en construcción; mañana podría ser la base de una

transformación profunda del modelo productivo nacional.

*Escrita por Eugenia Alaniz